La
noche era magnifica. Era una noche de Septiembre,
típicamente gallega, mejor dicho arosana. Cuando hace buen
tiempo, generalmente casi siempre, de ese mes del año lo que
mejor recuerdo son sus noches inigualadas, claras, tranquilas, donde
parece que todo está cerca, como si no hubiese horizontes
lejanos, iluminadas por una luna inmensa, majestuosa. En esas noches,
que yo no sé describir, todo invita a la convivencia, a la
fraternidad entre las personas. No son noches que incitan a la disputa
o a la pelea.
Sin
embargo ese marco pacifico ofrecido por la naturaleza en aquel
Septiembre no era suficientemente fuerte para influir positivamente en
nuestros sentimientos del momento. Existía
una fuerte tensión, unas pasiones políticas
desatadas superiores al marco de apaciguamiento inmejorable que nos
ofrecía el ambiente geográfico de nuestra tierra. Estábamos
a 2 de Septiembre de 1936,
en plena guerra civil.
Éramos
tres jóvenes amigos entre los miles de grovenses de
entonces. Ni mejores ni peores que los demás :
José Domínguez Grana, muy popular por su
excelente carácter, fallecido hace pocos años en
Andalucía; Manuel Lueiro Rey ( quien no lo
conocía en el pueblo ?), con personalidad ya evidente y que
anunciaba el buen escritor que fue, y el que esto trata de relatar.
Ninguno
de nosotros se había destacado políticamente en
nada. Ni siquiera pertenecíamos a asociación
política o sindical alguna. De los tres, el único
que había exteriorizado por escrito sus opiniones era Manuel
Lueiro que ya desde muy joven había demostrado su
extraordinaria facilidad para escribir. Pero Manolo Lueiro solo se
había servido de sus dotes y conocimientos en contadas
ocasiones, denunciando, cuando era menester, las injusticias caciquiles.
Eso
si, los tres éramos demócratas y
abogábamos, cuando la ocasión se presentaba, por
un Gobierno que limitase las injusticias y permitiese a la magnifica
juventud de aquel entonces encontrar un cauce apropiado para alcanzar
su plenitud.
No se
pedida la luna, pedíamos simplemente la
desaparición del paro obrero y la democratización
del país. Al abandonar la escuela primaria, no
sabíamos en qué ni donde emplearnos.
Los
tres, como casi todos los hombres de O Grove, cuando
anochecía nos íbamos a dormir fuera de casa.
Muchos se servían de la "dorna" y se iban a dormir en medio
de la ría; otros se iban a los montes para evitar los
"paseos". Porque nadie ( o muy pocos, es decir los autores de las
denuncias ) sabían quien estaba o no en la lista de los
"paseables". ( El "paseable" era un candidato a la muerte.)
Yo
había propuesto a mis dos amigos otra táctica. En
vez de alejarnos me parecía mas acertado encontrar un
escondrijo en el centro del propio pueblo. Lo importante era encontrar
una casa que no despertase sospechas, con buena visibilidad del entorno
pero que no pudiese ser cercada, que no constituyese un cepo. Este
escondrijo nos lo proporciono un buen amigo, ya fallecido,
Cándido Máscate Domínguez que pese a
su enfermedad - deficiencia motriz - demostró ser un hombre
a carta cabal.
Esa
noche, 2 de Septiembre de 1936, estábamos los tres durmiendo
en la casa vella de Señor Cándido. Adelantada la
noche, me desperté a causa de fuertes ruidos
extraños. Me levanté inmediatamente para
acercarme a la ventana que daba a la calle y ver lo que pasaba. Pepito
y Manolo continuaban durmiendo, pero al poco rato también se
despertaron por el ruido de los golpes y los gritos que un equipo de
(como llamarlos?) "representantes del orden" con mucho de forajidos,
bastante eufóricos por el alcohol, propinaban a la puerta de
la panadería de Besada donde trabajaba "Juan o Panadeiro"
para llevárselo y darle el "paseo". Al poco rato pasaron
delante de la casa donde estábamos. Juan iba entre ellos,
mas blanco que el delantal que llevaba puesto. El equipo estaba
perfectamente organizado; entre ellos iba un individuo con un parecido
asombroso con el cura de una parroquia do Grove y, - mucho mas tarde
nos enteramos, - un primo hermano del infortunado Juan. Confieso que en
aquel momento, al ver lo que estaba pasando, si llego a tener en mis
manos un arma de fuego, no hubiese vacilado en disparar. Aunque soy un
hombre pacifico, y ahora mucho más después de lo
vivido, enemigo de métodos violentos, en aquel momento me
quedé con ganas . Y sabia disparar.
Yo
pasé un mal momento, pero Manolo y Pepito lo pasaron peor.
Al despertarse con los golpes que resonaban en la casa vella
y palpar en la paja donde estábamos a derecha e izquierda
sin encontrarme, se creyeron que me había ocurrido algo
grave” Yo que estaba en la ventana, los tranquilicé a
medias. Les dije, muy bajito, " preparad la salida por el tejado sin
hacer ruido". En ese momento el equipo de pistoleros estaba delante de
la puerta de la casa vella. Lo que no podían sospechar es
que estábamos a unos metros de distancia los unos de los
otros y que éramos testigos de sus
hazañas Por fin se alejaron. Todos estos hechos
los vi perfectamente porque a la altura de la esquina de la casa de Don
Cayetano, que estaba en frente de la casa vella, había un
foco del alumbrado eléctrico que funcionaba.
Para
nosotros tres, la noche del 2 de septiembre de 1936 termino
así.
Pero
no para mi
amigo Manolo Lueiro ni para su
padre don Albino ( que por cierto era partidario sincero de los amigos
de Cristo Rey.)
Esa
misma noche el mismo equipo de pistoleros u otro ( no podría
precisarlo ), fue a casa de don Albino. Iban a por Manolo que
había sido denunciado por alguien del pueblo. Como Manolo no
estaba en su casa - juntos estábamos na casa vella - se
querían llevar a su hermano Eugenio, maestro nacional,
gravemente enfermo, al que así acortaron la vida. Al día siguiente
Manolo se marcho del Grove a
esconderse a una aldea del interior de Galicia y Eugenio se fue para
Pontevedra a casa de la señora Avelina Sanmartín,
donde murió poco después.
Ramon
GARRIDO VIDAL